MATERIA Y NIEBLA | Manuel Velázquez
Imagino mi ciudad. No cualquier otra. La ciudad donde vivo: Xalapa. La Atenas veracruzana, le decían… La ciudad de las virtudes, le decían… Estridentópolis, le decían…
Aquí amanece. Cae una neblina suave, de esas que borran los nombres. Corre el rumor como agua sucia: un día la ciudad se quedó sin cultura. No sin arte contemporáneo. No sin bellas artes. Sin cultura. Fue un martes, porque los desastres importantes eligen cualquier día para que nadie pueda culpar al calendario.
Primero fue un olvido chiquito, como de llave perdida. Alguien no supo el nombre de la calle donde vivía su madre. Después el olvido se hizo contagioso. La ciudad perdió la memoria, y con la memoria, la identidad. Las personas se miraban en los espejos y se veían desnudas sin origen, como recién nacidas que ya debieran impuestos.
Los taxis amanecieron incoloros. Ya ni siquiera corrían. Se arrastraban como ideas sin convicción. La Catedral despertó pálida, sin ese rubor de cantera que le daba la edad. El edificio Nachita se tocó la frente y no recordó su nombre, ni el de sus inquilinos, ni para qué servían los balcones. Los vendedores de productos ya no se posaron en sus corredores.
Ya no hubo pambazos ni gorditas, porque nadie se acordaba del hambre que los inventó. Nadie se acordaba de las virtudes. Un día las quitaron para poner un anuncio luminoso que parpadeaba sin decir nada. La feria del libro fue prohibida. Solo un librero permanece firme frente a la Prepa Juárez, aunque nadie compra ya sus libros. Sus hojas están blancas, como si el tiempo las hubiera lavado.
Se esparció como chisme: ya no hay inauguraciones, ni festivales de poesía.
No hay café ni de olla ni de especialidad, ni de La Parroquia, porque el lechero olvidó cómo sabía la leche. Los Lagos son un arenal, un espejo sin peces y sin reflejo. El yogurt La Paz dejó de ofrecer pizzas, como si la contradicción fuera el último lujo que ya no podemos darnos.
Los murales de Palacio fueron encalados en una noche, con una prisa blanca, burocrática. La Pinacoteca cerró, también el Ágora y el Centro Recreativo, porque las llaves se oxidaron dentro de las cerraduras y nadie recordó cómo abrirlas, ni para qué abrir. El jazz dejó de sonar y el silencio se quedó a vivir en las esquinas.
La gente se mudó a los centros comerciales, a Plaza Américas, a Costco. Ahí todo era luminoso. Brillante. Liso. Sin esquinas donde se esconda un recuerdo. Ya Veracruz dejó de estar de moda. Huyó el turismo como huyen los pájaros antes del temblor. Las chachalacas y hasta las zarigüeyas, que siempre estaban, aunque las cazaran, se fueron, porque hasta el monte necesita un motivo para quedarse.
Los músicos urbanos se perdieron. No encontraron su lugar. Caminaban con el estuche cerrado, como quien carga un ataúd chico. Plaza Regina fue un McDonald’s, y ya ni la campana de la basura suena igual. El camión pasa mudo, con campana, pero sin badajo.
Por fin lo lograron, dijeron algunos, sin saber quiénes eran ellos. Hablaban en voz baja para que nadie los oyera: lo lograron, lo lograron.
La precariedad acabó con nosotros. La cultura global ganó, no con ejército, sino con olvido. Se perdió el arte. Ahora es un viejo extraviado que pide ayuda en la esquina de Lucio y no sabe que antes pintaba.
La cultura se mudó a otro lado. Dejó un grafiti en Xalitic, pero nadie supo leerlo. Solo el polvo trae rumor de otros tiempos. Mientras, dos burócratas sonríen reclinados en sus sillones: por fin ya nadie viene a pedir apoyo, pa’ la feria esa de cerámica.
Ahora solo quedan las calles empolvadas y una herida vieja tirada en la banqueta.
A veces la herida tose, y entonces Xalapa entera se estremece como si fuera a acordarse de algo. Pero no.
Pasa un viento y se lleva el polvo a otra parte. Y la ciudad, la que decían Atenas, se queda quieta, brillante, lisa, sin saber ya para qué servía la cultura.
Los espacios independientes cerraron. Solo a lo lejos, una melodía monótona se escucha en el cerro de Macuiltépetl. Es una Luciérnaga, cantando para nadie.
