La festivalización como política cultural en Veracruz

MATERIA Y NIEBLA | Manuel Velázquez

Es verdad que hay una identificación excesiva de la cultura con el entretenimiento, pero la cultura no es una actividad del tiempo libre, sino lo que nos hace libres todo el tiempo.

La tesis, largamente defendida, es que la cultura es el órgano de la libertad. Por eso es importante incentivar la lectura. No es lo mismo poseer 1.000 palabras que 40.000, en ningún orden de la vida. Ni en la vida del conocimiento íntimo, ni en la comunicación social y política.

Por eso la cultura está mucho más cerca de la creación artística que del entretenimiento, porque amplía el léxico, pero no solo las capacidades de lectura, sino también las de ver, escuchar, interpretar el mundo y ensancharlo. Esta distinción es central para analizar la política cultural reciente de Veracruz.

El problema no es el festival, es el modelo. El caso veracruzano revela con nitidez lo que George Yúdice denominó la cultura como recurso en El recurso de la cultura (2002): la cultura deja de ser entendida como derecho y como proceso de creación de sentido, para valer solo en la medida en que puede ser instrumentalizada como espectáculo, como atractivo turístico y como rédito político inmediato.

La cultura vale si llena plazas, si genera derrama, si produce una foto

Este desplazamiento no es nuevo en México. Es lo que Néstor García Canclini advirtió en Políticas culturales en América Latina (1987) como la sustitución de la política cultural por la gestión del evento. Esto se ha consolidado en Veracruz desde la conversión del IVEC en Secretaría de Cultura (SECVER) en 2024. Con un presupuesto que pasó de 98 a 205 millones de pesos para 2025, la dependencia ha concentrado su agenda en un calendario continuo de megaeventos: Cumbre Tajín, Salsa Fest, Festival del Bolero y participación en ferias internacionales de turismo. La cultura se mide en asistentes y en ocupación hotelera, no en procesos.

La estrategia de gasto se ha concentrado en el modelo que Yúdice llamó cultura como recurso y que Toby Miller y García Canclini han criticado como espectacularización. Como señala Eduardo Nivón en La política cultural. Temas, problemas y oportunidades (2006), un festival sin política de sostenibilidad es pirotecnia cultural: ilumina tres días y deja la misma oscuridad. La pirotecnia es brillante, masiva, popular, nadie está en contra de la fiesta, pero no deja infraestructura. No deja escuelas, no deja archivos, no deja seguridad social para artistas, no deja lectores, no deja lenguas vivas.

En Veracruz esto es verificable en la desconexión entre evento y ecosistema. Un festival internacional de salsa con derrama económica prometida pero no verificable no ha generado una sola escuela pública de música popular sostenida por la SECVER. Cumbre Tajín requiere cientos de miles de recursos, mientras los espacios culturales comunitarios operan con recursos mínimos.

Se trata de la sustitución de derechos por espectáculo. La UNESCO, en su informe sobre derechos culturales (2022), define los derechos culturales como el acceso a la formación, a la creación en condiciones dignas y a la participación en la vida cultural de la propia comunidad. La festivalización invierte la ecuación: el Estado produce para que el ciudadano mire, no para que cree. Como ha documentado Lucina Jiménez en Políticas culturales en transición (2020), el modelo del evento perpetúa la precariedad del creador local, contratado por honorarios, sin continuidad.

Es la economía política del aplauso. Yúdice advirtió que cuando la cultura es recurso, el Estado ya no necesita una política cultural, necesita una gerencia de eventos. La cultura como recurso es útil porque es inofensiva: no discute el modelo de acumulación, no discute la desigualdad, entretiene.

Por eso la pregunta no es si Veracruz necesita festivales. Los necesita. La pregunta es qué modelo sostiene. ¿Una Secretaría que produce espectáculos o una Secretaría que garantiza derechos?

Mientras el presupuesto siga evaluándose por derrama turística y no por cuántas infancias aprendieron una lengua originaria, cuántos barrios tienen biblioteca viva o cuántos creadores pueden vivir de su trabajo sin emigrar, seguiremos en la pirotecnia: mucha luz por tres noches, y la misma oscuridad estructural después.

Veracruz tiene catorce lenguas originarias en riesgo. La SECVER misma reconoció el riesgo de desaparición. Ningún festival de masas salva una lengua. La salva una comunidad con recursos para transmitirla, nombrarla, escribirla