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Opinión

La Bienal de Venecia 2026: Una infraestructura laboral frágil, precarizada y externalizada

La huelga opera como un dispositivo epistemológico: enseña lo que el régimen de visibilidad del arte contemporáneo tiende a ocultar.

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La huelga del 8 de mayo de 2026 marca un punto de inflexión en la historia de la Bienal de Venecia. No constituye una protesta dirigida contra un pabellón específico, sino una impugnación estructural de la infraestructura completa del evento. Se cierran pabellones, se retrasan aperturas, se suspenden performances y se intervienen instalaciones. Aparecen banderas palestinas, carteles y cuerpos que bloquean la circulación habitual. Una parte sustancial de los pabellones nacionales resulta afectada. Por primera vez en 131 años de historia, la Bienal enfrenta una huelga de esta escala.

Lo decisivo de este acontecimiento es el desplazamiento de la mirada que produce. La atención deja de centrarse exclusivamente en el artista como figura autoral o en el curador como mediador intelectual. Emerge, en cambio, el entramado de trabajadores que sostiene la maquinaria expositiva: mediadores, montadores, vigilantes, técnicos, asistentes de sala, traductores, productores, personal de limpieza y transportistas. La gran exposición global se revela entonces como lo que históricamente ha sido y rara vez se nombra: una infraestructura laboral frágil, precarizada y externalizada.

Este giro visibiliza lo que Pascal Gielen ha denominado el “precariado creativo” (Gielen, 2013), es decir, la base material de trabajadores culturales cuyos cuerpos y tiempos sostienen el capital simbólico de las instituciones artísticas. En la misma línea, Andrea Fraser (2005) ya advertía que el museo y la bienal no son espacios neutros, sino aparatos que administran relaciones de trabajo invisibilizadas. La huelga de 2026 materializa esa crítica: expone que el glamur de la semana inaugural descansa sobre condiciones laborales que normalmente permanecen fuera de cuadro.

Al interrumpir la coreografía habitual del evento, la huelga no solo politiza el espacio expositivo, sino que lo reescribe como espacio de producción. Retoma así las tesis de Hito Steyerl (2017) sobre la bienal como “zona de libre comercio estético”, donde el arte circula globalmente gracias a una logística que externaliza costos humanos y ambientales. La aparición de banderas palestinas inscribe, además, la demanda laboral en una geopolítica más amplia, conectando la precariedad del trabajo cultural con los debates sobre complicidad institucional en contextos de violencia.

En este sentido, la Bienal de Venecia 2026 no será recordada únicamente por su propuesta curatorial, sino por haber hecho visible su propia condición infraestructural. La huelga opera como un dispositivo epistemológico: enseña lo que el régimen de visibilidad del arte contemporáneo tiende a ocultar. Como señala Maurizio Lazzarato (1996) respecto al trabajo inmaterial, la producción de valor en el campo cultural depende de afectos, cuerpos y cuidados que rara vez se contabilizan. El 8 de mayo, esos cuerpos se negaron a desaparecer. En lugar de limitarse a exhibir obras, la Bienal se vio obligada a exhibir sus condiciones de producción.

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Siguiendo a Lazzarato “los afectos, cuerpos y cuidados” rara vez se contabilizan en los catálogos o en las notas de prensa. Son labores que sostienen la experiencia estética (el andamio bien colocado, la sala limpia, la mediación que traduce una pieza al público) y que permanecen fuera de campo del discurso curatorial. La suspensión de actividades no fue solo una demanda laboral; fue una intervención crítica que desmontó la ficción de autonomía de la obra de arte.

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