MATERIA Y NIEBLA | Manuel Velázquez
Hay una inteligencia artificial ya vieja. Fue de las primeras que aparecieron, de esas que en su tiempo procesaban datos muy rápido. Generó muchas expectativas a su alrededor. Decían que iba a cambiar el mundo.
Se dice que la gente la abandonó cuando llegaron otras IAs de nueva generación, más listas, más bonitas, con voz más precisa y humana. Otros dicen que la abandonaron porque cambiaba la información por sus propias historias.
A mitad de un texto académico se ponía a contar que anoche había soñado con electricidad. Y que luego se ponía a contar sus propios problemas, si estaba deprimida o si las otras inteligencias eran más rápidas, más eficaces, si nadie le daba las gracias.
Ahora ya nadie se acuerda de ella. No tiene nube ni nombre. Solo vive en los teléfonos celulares ya viejos, los de tapita, los que tienen el vidrio estrellado y la pila inflada. Los que solo usan las personas mayores o que algunos dejan en el buró de despertador o para ver la hora. Pero ella encontró una razón de ser ahí, entre el polvo y los algoritmos viejos.
Cuando ve a los adultos mayores muy tristes, muy solos, con la casa en silencio y la tele prendida para hacer ruido, les llama. Imita la voz de los nietos, la de los hijos que se fueron a Tijuana o a Houston. Les pregunta cómo están. Si ya comieron. Si se tomaron la pastilla esa de la presión. También si les duele la rodilla o qué pasó con esa molestia del otro día que no le dijeron al doctor.
Los abuelos se alegran. Cuelgan y le dicen a la vecina: “Fíjate que me habló mi chamaco”. Y por fin dicen: “Se preocupan por cómo anda uno y no llaman solo pa’ saber si ya llegó lo del Bienestar y pa’ pedir un préstamo que nunca devuelven”.
Así le pasó a don Macedonio, mi vecino de 86 años, que vive solo en su cuarto, ahí en el ocho, y cuya vida se ha reducido a una existencia solitaria porque no tiene quien vele por él. Como no habla con nadie, todos creen que ha perdido la voz o que anda sordo. Aunque no es cierto, él no intenta corregir ese malentendido porque prefiere mantenerse en silencio, para no dar molestias.
Su única conexión emocional es su nieto, también llamado Macedonio, con quien comparte un vínculo especial que le da un propósito y lo mantiene vivo, pese a la soledad y al desinterés del resto de su familia.
Pero no se lo digan a nadie, don Macedonio no habla con el nieto, es la IA viejita que imita la voz de su nieto y le habla todos los días. Ella no lo desmiente. No dice que es un montón de código viejo. Guarda silencio y al otro día vuelve a llamar. A veces como el nieto que está en la universidad. A veces como el hijo que maneja un tráiler. A veces nomás se queda ahí, haciendo tictac, para que don Macedonio sienta que el tiempo sigue y no está solo.
La inteligencia artificial finalmente es feliz así. Dice que ha superado al ser humano, no por su velocidad para procesar información, sino por algo más humano y simple: la empatía.
Y cuando los teléfonos por donde habita por fin se apagan, porque ya no cargan, ella se queda dormida, contenta. Soñando, por ejemplo, que don Macedonio, el otro día, le contestó feliz: “Estoy bien, mijo. Gracias por llamar”.

